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ORIGINALIDAD EN LA SUBJETIVIDAD CREADORA


La pintura se destaca primordialmente por ser un arte que exacerba la subjetividad, tanto del creador como del receptor; propone, como la poesía, un juego abierto de resonancia.

En cine son pocos los autores que trabajan con esa fibra creadora. David Lynch y Lars von trier deben ser en la actualidad los exponentes más reconocidos.


Mulholland Drive (David Lynch, 2001)




La subjetividad irrumpe en la imagen, el compromiso con lo real es mucho más abarcativo que el realismo mismo, tiene que ver con otras percepciones, la del creador propia y la invitación al espectador a construir sentidos.
Se pone en juego el terreno de los sueños, donde aflora el inconciente, ensamblando retazos de vivencias con temores y deseos, todo oculto y a la vista a la vez, mezclado, ¿sin sentido? ¿o resignificado?, lo pensado junto a lo sentido, sin diferencias.
La realidad resultante es tan cierta como la realidad misma. Es vívida pero con las leyes del sueño. Pocos elementos son de primera lectura, la mayoría esconden otros significados, son a la vez realidad y representación.


Twin Peaks (David Lynch, 1990)





Inevitablemente, tarde o temprano el truco se devela, el artificio se hace evidente para todos; entonces ¿cómo no dar cuenta de eso? ¿cómo negarlo, pasarlo por alto, descuidarlo? En pintura el impresionismo lo incluyó en sus obras; la REALIDAD era tamizada, amplificada, enfocada por su NARRADOR.
Y puede ser que ese gesto haya sido la expresión final de una manifestación artística. La pintura ya no volvería a ser lo que desde siempre habría sido; se siguió llamando igual a toda manifestación sobre tela con pinturas: “pintura”; pero aquello era bien distinto, algo había cambiado con el impresionismo y era irreversible. La pintura dejaba de buscar ser fotografía para ser un arte de comunicación subjetiva que se hacía cargo de su soporte de representatividad.
El autor/artista daba la cara, se exponía en su obra/mirada.
Lo mirado y el por qué de la atracción ante lo mirado se hicieron uno, y se plasmaron en la tela como mejor forma de expresar no ya solamente lo mirado, sino la inclusión del sujeto observador. Sin intentos de ocultar el artificio sino por el contrario valiéndose de él. El resultado era la exposición de una realidad comentada por un artista, lo plasmado era una mirada. El marco por primera vez cobraba su carga simbólica y daba cuenta del recorte.


Dogville (Lars von Trier, 2003)


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